O de cómo las redes sociales le quitan la chamba a los periodistas tradicionales.
Y
no hablamos del miedo a ser asesinado o desaparecido que aqueja, no sin
motivos, a cualquier periodista que labore en México. Hablamos del miedo a
perder su trabajo. Del miedo a que los ciudadanos de a pié les “quiten” su
medio de vida y sus lectores. Miedo a que el llamado “periodismo ciudadano” les
robe sus ingresos, su status-quo o su modus vivendi.
Estos
miedos se traducen en argumentos en los que los periodistas apelan a su
privilegiada experticia como algo exclusivo a su propio gremio y lejano
al ciudadano común. Ataques generalmente dirigidos a los interlocutores
antes que a sus ideas.
Antes
de que las redes sociales dictaran buena parte de la agenda mediática aún se
valoraban de manera acrítica conceptos como la neutralidad y la objetividad
como características del profesionalismo, pero afortunadamente esto está
cambiando, y gracias al crecimiento en el uso de las redes sociales los
papeles entre informado e informante parecen estarse diluyendo.
¿Pero
de dónde viene el éxito de las redes sociales y el bajón de los medios
tradicionales?
Desde
nuestra propia experiencia consideramos que este éxito tiene que ver en muy
buena medida con el agotamiento del capitalismo mismo, que con sus agresivas
políticas cooptó la mayor parte de las líneas editoriales de los medios
informativos, convirtiéndolos en objetos de especulación financiera al
igual que los recursos naturales, los alimentos y todo aquello susceptible
de volverse mercancía. Modelo de piezas desechables o intercambiables en el que
cada pieza dentro del engranaje tiene el cometido de servir al lucro. Los
periodistas, en este sentido, no son la excepción.
Así,
desde la “profesionalidad” que envuelve el trabajo periodístico tradicional, y
que sigue siendo el principal argumento para desacreditar la información
ciudadana, la objetividad y neutralidad significarían distanciarse del
objeto de estudio en aras de un fin superior (a saber cual). Esta
“profesionalidad” se traduce en estilos retóricos donde los sujetos
enunciantes, “ajenos” a su objeto, lo describen como meros expertos
observadores “externos” y sin intereses personales (como si los intereses de su
medio y los propios no existieran).
Este
estilo retórico, deudor de los viejos preceptos racionalistas de la modernidad
aún vigentes, sirvió durante mucho tiempo para abonar a la credibilidad de
estos mismos medios. Sin embargo, en el contexto en que gran parte de los
grandes medios ha revelado su carácter comercial por encima de su función
social, surge el éxito de los periodistas y de los medios ciudadanos en
detrimento de la credibilidad de quienes escriben para los medios
“profesionales” o comerciales.
A
diferencia del periodismo tradicional, creemos que el éxito del periodismo
ciudadano radica precisamente en que la sociedad está cansada de esa
separación, de esta deshumanización y falta de compromiso social. Pues la
principal característica de los llamados “periodistas ciudadanos” es que
informan por iniciativa e interés directo, y resultan por ello más creíbles.
En un mundo donde la verdad se vende al mejor postor, como si de cualquier
producto comercial se tratara, estos ciudadanos tienen más y mejores motivos
para publicar que un sueldo, prestigio o un statu quo.
Así,
ante el descrédito generalizado hacia los medios tradicionales de comunicación,
consideramos que en la medida en que los periodistas profesionales se sigan
considerando entes separados al resto de los ciudadanos y sigan escribiendo
desde posicionamientos ingenuos de presunta neutralidad, su impacto seguirá
disminuyendo. Porque muchos ciudadanos sabemos que “los medios como
negocio” crean una dinámica en la cual la información es reportada antes
que por intereses colectivos, por dinero e intereses particulares. Y
aunque en ocasiones la preocupación por el tema que el reportero cubre puede
ser y es genuina, no olvidamos que es su chamba y está ligada a su necesidad de
subsistencia, ligada, a su vez a las necesidades específicas de sus patrones y
de los patrones de sus patrones. Y así. Son los típicos reporteros chayoteros
del comunicado y del copy/paste laborando para el mejor postor.
Los
informantes ciudadanos, por el contrario, nunca reportarán sobre algo que no
les importa, sobre algo con lo que no están emocionalmente vinculados. ¿Por qué
habrían de hablar sobre lo que no les interesa, si no les pagan? Al final, la
mayor diferencia entre un “periodista profesional” y un “periodista ciudadano”
no es la tan cacareada “profesionalidad” (que, citada así, en seco y sin
ejemplos, no denota sino el miedo del profesional frente a la posibilidad de
verse desplazado), sino que uno escribe por dinero lo que otro escribe por
coraje.
Un
periodista ciudadano escribe solo sobre aquello que le interesa genuinamente,
aquello que está dispuesto a comprobar y verificar, condición que, en virtud de
sus obligaciones económicas, profesionales, personales, maritales, etc. nunca
podrá cumplir al 100% el periodista profesional.
Creemos
que si el “periodismo profesional” quiere sobrevivir, solo podrá hacerlo en redacciones
habitadas por seres humanos que escriban sobre lo que les interesa como
colectivo, y no únicamente como entes autistas, interesados en mantener el
trabajo, separados de la sociedad sobre la que escriben e insertos
circunstancialmente en el individualista engranaje del lucro.
Si
el periodismo fue creado cuando habitábamos un mundo en el que la información a
distribuir se dictaba “desde arriba”, y los periodistas eran los voceros
encargados de dar a conocer esta información a las “masas”, esto ya ha
caducado. El periodismo fue creado y encajado en una estructura social que
ahora se desmorona. De ahí el pavor con el que muchos periodistas, buenos y
malos por igual, enfrentan esta nueva situación donde empiezan a darse cuenta
que cada vez son menos necesarios, puesto que en su mayoría, como dirían en
España, no nos representan: ya no son la voz del pueblo, puesto que el
pueblo ha encontrado maneras para hacer oír su voz directamente.
Así,
cuando se aduce irresponsablemente a la falta de profesionalidad, capacidades
y/o de certificación profesional como principal razón para desacreditarnos a
los “periodistas ciudadanos”, o cuando nos acusan de “falta de rigor”, sentimos
que se están echando la soga al cuello y reflejando sus propios miedos, porque
la metodología para la investigación y el rigor, como cualquier periodista o
investigador sabemos, no se aprenden exclusivamente en las aulas, ni en la
redacción, sino que los dan sobre todo la experiencia y las ganas de aprender.
Además,
bajo esta misma lógica del poder que legitima o deslegitima cualquier
información desde sus propios instrumentos –independientemente al interlocutor-
podría desacreditarse desde la academia, por ejemplo, el rigor metodológico de
cualquier investigación o trabajo periodístico -independientemente a su calidad
y pertinencia-, esto por más que una buena investigación sea siempre una buena
investigación.
Los
periodistas ciudadanos somos gente de todo tipo, diversa en todos los sentidos
y con más o menos estudios; lo único que tenemos en común es que lo que hacemos
lo hacemos simplemente porque nos importa. Podemos ser más o menos rigurosos
–como cualquier periodista “profesional”-, y según nuestro rigor nos valorarán
nuestros lectores –igual que a un periodista profesional-, con la diferencia de
que el dinero no compromete nuestras letras y que lo que escribimos lo
escribimos por el puro (dis)gusto.